septiembre 22, 2020

Memorias del Proyecto One Laptop Per Child- Ruanda 2007-2015

Capítulo II

El Genocidio….

Primer día completo:

A la mañana siguiente madrugamos a una visita obligada pero aterradora: el Museo del Genocidio. No sabía que me tenían entrevista en TV a la llegada, reconocimiento evidente de la importancia que este país le da a nuestro proyecto. Me esperaban cámaras y reporteros en la puerta. Ya de por si llevaba gran aprehensión por el tema, al ver cámaras y micrófonos, y con el cansancio del viaje la noche anterior, me sobrecogió mucha ansiedad y gran tensión.

Difícil describir lo que uno siente al entrar en este museo y enterarse que en esta antigua casa-quinta, no muy grande y no muy impresionante, reposan los restos de 289,000 personas reconocidas como víctimas oficiales del genocidio. Están en su eterno descanso enterradas debajo de unas lozas de cemento pobremente puestas en el jardín, evidentemente por motivos de no haber encontrado en los años siguientes la manera de diseñar, financiar o construir un monumento más representativo ni emblemático sobre esta hecatombe. No hay, obviamente, ningún nombre de las victimas porque fueron tantos y tantos los muertos, y tantos y tantos los que fueron dejados a que se pudrieran y se desintegraran al aire libre, tantas y tantas las familias enteras desaparecidas, que no existen records de DNA ( en esos momentos no se contaba con esta tecnología) ni de documentos de identidad en las ropas que pudieran ayudar a llevar un mejor inventario de los desaparecidos. Muchos de los muertos habían botado su carnet de identidad donde decían que eran de la tribu Tutsi para que no los agarraran. Pero su fisonomía los traicionaba, además porque todos se conocían en poblaciones pequeñas y en barrios comunes.

Solo hay en una de las grandes losas de cemento una especie de urna de cristal en el suelo con tres banderas o cubiertas de seda con una cruz, “arropando” lo que parecen ser unos 5 catafalcos donde nos informaron había en cada uno entre 5 a 7 miembros de familias pues los restos estaban fragmentados por haberlos descuartizado en el momento de matarlos o posteriormente en el momento de tratar de despojarlos de identidad. Sabían que eran familias porque parece ser que los encontraron en casas, pero no les pusieron el nombre porque no querían deshonrar a los 289,000 restantes que estaban al lado, totalmente “desconocidos”.

Con Sergio Romero, depositando la ofrenda floral ante los restos de 282,000 personas muertas a machete. Foto de mi archivo personal. ©

Nuestra gente había preparado una ofrenda floral típica de esta región para depositarla en honor de estos 289,00 restos que reposaban, literalmente, debajo de nuestros pies. Un momento de una solemnidad aterradora, pesada, inimaginable, pero a su vez cargada de sencillez y cierta inmensidad, soledad y comunicación casi cósmica con estos cientos de miles de personas “debajo” de uno, separados por solo 15 centímetros de concreto.

Inmediatamente después entramos al museo en si a ver el “Ruanda de Antes, Durante y Después del Genocidio”. Fotografías, biografías de los personajes claves de un lado y del otro, Hutus y Tutsis, los complots preparados por décadas de anterioridad con una alevosía y maquiavelismo increíble, alimentado por odios raciales y sociales creados por los Belgas, segun me contaron, originalmente como manera de tener la población dividida para conquistarla. Queda uno absolutamente impotente de poder describir con palabras lo que se siente al ir viendo sala tras sala lo que esta nación era antes del genocidio, y lo que se les esperaba. Algo que se escapa de la imaginación.

Con Nkubito (traje oscuro, y uno de nuestros ejecutivos, Sam, rindiendo tributo a los muertos por el genocidio. Foto de mi archivo personal. ©

Aprendí que estos odios fueron alimentados durante estos últimos años por aparatos de propaganda profesional y consistentemente reproducidos en la prensa escrita y hablada y, aparentemente, con la complicidad y por motivos que todavía no entiendo por gobiernos como el Francés (los odian aquí y no se atreven a aparecer, mucho más rechazados  aun que los propios Belgas) y  ante la indiferencia e inacción de las Naciones Unidas cuyo liderazgo en aquel momento estaba en cabeza de Kofi Annan. Uno va leyendo pie-de-fotos y viendo imágenes imposibles de describir con palabras, recreando las ya vistas en la película “Hotel Ruanda” o de las palabras del libro de Immaculée, y , sinceramente, una escena Kafkiana es lo único que se le viene a uno a la mente, totalmente desposeída de la lógica, la ética o la moral de cualquiera que tan siquiera pueda tener dos centímetros de conciencia, de humanidad o de sensibilidad. Es imposible entender tanta maldad y fanatismo colectivo.

Uno de los rincones del museo del genocidio. Foto de mi archivo personal. ©

No es el de un Hitler dando la orden y unos soldados de las SS cumpliéndolas en los campos de concentración. No. Esto es una masacre generalizada, casa por casa, unos jinetes del apocalipsis arrasando con todo lo que encontraban a su camino, de forma sistemática, brutal, sin sentido, en un paroxismo incontrolado y demencial. Una danza diabólica, machete en mano, celebrando la muerte en una embriaguez mental y del espíritu, violando a cuanta mujer salía al paso, decapitando gente, midiendo el grado de “eficiencia” por el número de muertes por hora que podía un tipo de estos lograr a machetazo limpio, como si fueran cortadores de caña de azúcar a quienes les miden su eficiencia por el número de tallos cortados (en este caso, cabezas).

Niños huérfanos rescatados inmediatamente después del genocidio. Foto tomada por mi de una foto en la pared del museo. ©

En fin, nunca creí que estas crónicas de viaje y de mi trabajo pudieran contener pensamientos tan negativos y desgarradores como los que en ese momento sentí y que me siento en la obligación de compartir, como manera sincera de honrar el frágil paso de todos estos miles de almas por este mundo tan incomprensible.  Salí de allí con el corazón pequeño, en la mano, destrozado, a entrevistarnos con el Ministro de Educación, a quien ni supe qué le dije, ni cómo se lo dije.

Una visita al Museo del Genocidio, experiencia verdaderamente desgarradora

La visita con el Ministro fue protocolaria, preparando el terreno para mi posible visita con el Presidente Paul Kagame.

Visitando al Ministro de Educación. Foto de mi archivo personal. ©

Por la tarde fuimos a visitar una escuela a una hora y media de camino, donde han mezclado niños discapacitados mentales y físicos con “normales”. Ver a unos chicos “programando” en lo que llamamos “actividades” (nuestro eufemismo para decir Apps) con problemas mentales o físicos,  con impedimentos motrices, usando una “actividad” en especial llamada Turtle Art, el original lenguaje LOGO de Seymour Papert que hizo historia en nuestro desarrollo, hoy mucho más refinado, amigable al usuario, fue la demostración clara que nuestro eco-sistema pedagógico (Laptop + software orientado a que el niño “aprenda-a-aprender”) funciona, si se aplica bien aplicado. Quedamos maravillados de un niño con problemas motrices grandes a quien la maestra le pidió que me tomara una foto con el laptop, y el niño, con gran dificultad, se para de su pupitre haciendo un esfuerzo enorme por no dejar caer el laptop y lentamente va dando la vuelta y orienta la pantalla dentro de una especie de convulsiones o  temblor  hasta que me “encuadra” en la misma y, como si estuviera llegando a un clímax de un drama, va llevando el cursor hasta donde está el “click” que toma la foto, solo para ver cómo se le pierde nuevamente porque la mano le tiembla y se le mueve, y como, finalmente, toma la foto y me mira con una cara de éxtasis y satisfacción, será una imagen mental que llevaré conmigo por el resto de mis días. Todos rompimos en aplauso, yo conteniendo las lágrimas que ya me enjuagaban los ojos, haciendo un esfuerzo enorme por sonreírle pues su cara de satisfacción no merecía otra cosa que no fuera eso.

El chico con discapacidades mentales/motrices, aprendiendo a manejar el laptop, conocido como la XO por su simbología, orgulloso al haberme tomado una foto con el mismo. Foto de mi archivo personal. ©

La visita de la tarde borró por completo la pesadumbre que me invadió en la mañana.

Regresamos tarde a cenar a casa de un arquitecto-developer, tal vez de los más exitosos de Ruanda y de los países de Africa Oriental, en una mansión enorme, donde demostró la hospitalidad y calidez humana  que una vez más me dejó sentir muy latente esta aparente dicotomía de este pueblo tan extraño y complejo.  Ver una familia entera, mujer y 4 hijos, todos recibiéndonos con tanto cariño, luego de haber pasado toda su vida en el exilio en Congo y Uganda, y como al regresar se ha dedicado a cooperar en el desarrollo urbano, comercial, ecológico y adicionalmente con un gran sentido filantrópico,  a ver cómo le puede ayudar a su país a renacer, me impactó fuertemente.  Bertrand Ayirangabu, cuyo sobrenombre es «Kiki», treendamente discreto y de bajo perfil, es uno de los empresarios y desarrolladores de propiedad raiz más exitosos de Ruanda. Pero tiene un gran sentido social de las cosas y ayuda sin reservas al presidente Kagame en su plan por modernizar su país.

Cena donde Kiki (centro a mi lado, su esposa, Nkubito (derecha) Sergio Romero, (izquierda) y el señor alto detrás, Aime Orefu, familiar del presidente Kagame.

Está diseñando y construyendo, dentro de muchas otras cosas, el gran centro de Convenciones de Ruanda, con las más avanzadas tecnologías “verdes”, con equipo multidisciplinario  de ingenieros y consultores estructurales con una de las firmas de Alemania más famosas del mundo, con consultores en acústica, apertura de luz para filtrar el sol y el calor controlado por sistemas inteligentes de vanguardia, usando para ello internet en tiempo real con todos estos consultores internacionales, en un país que hace una década no tenía prácticamente ni electricidad , abruma.

Nuevas edificaciones impensables 15 años atrás. Lo que el orden y la estabilidad traen a un país que siente que puede hacer cosas.

Pero más me iba a abrumar la sorpresa que me tenía para el día siguiente: el llevarnos a conocer la comunidad para huérfanos del genocidio que ha diseñado y construido a dos horas de Kigali, una verdadera obra redentora llamada Agahozo Shalom Village.

Esto da para otra crónica en si misma. Es la una de la mañana, y sinceramente las impresiones del dia son tan fuertes, que es imposible conciliar el sueño. Pero debo dormir un poco porque mañana tenemos la primera reunión a las 07:30 AM.

About the author 

Rodrigo Arboleda

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